Cuando Tiembla la Tierra, Despierta la Conciencia

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Foto de José Antonio Gallego Vásquez, de Unsplash.com.

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SAN DIEGO — Hay momentos en que la tierra tiembla y, con ella, también tiembla nuestra aparente seguridad.

En cuestión de segundos, aquello que parecía firme se desploma. Las prioridades cambian, el tiempo adquiere otro ritmo y las preguntas más profundas vuelven a ocupar el centro de la vida.

Como venezolano, he vivido con profundo dolor las noticias de los terremotos que han sacudido nuestra tierra. Cada imagen de edificios derrumbados, familias buscando a sus seres queridos y rescatistas trabajando sin descanso despierta una mezcla de tristeza, impotencia y esperanza. El sufrimiento siempre nos confronta con el misterio de la fragilidad humana. 

En esos momentos se revela algo que normalmente permanece escondido. No solo se agrieta la tierra; también se abren las grietas del corazón humano. Aparece la extraordinaria capacidad de amar, servir y entregar la propia vida por un desconocido. 

Hombres y mujeres que, olvidándose de sí mismos, remueven escombros durante horas con la esperanza de escuchar el más pequeño signo de vida. 

También aparecen nuestras sombras: el miedo, la desesperación, el egoísmo y las heridas de una sociedad donde demasiadas personas viven al límite de la supervivencia.

Las tragedias tienen además la capacidad de sacar a la luz aquello que permanecía oculto. Con el paso de los días suelen conocerse negligencias, construcciones deficientes, decisiones irresponsables y formas de corrupción que terminan cobrando un precio insoportable: vidas humanas. La verdad puede permanecer oculta durante un tiempo, pero nunca para siempre. La creación misma parece reclamar justicia.

Y, sin embargo, el dolor nunca tiene la última palabra. 

Mientras unos edificios se derrumban, otros cimientos se fortalecen. Se despierta una inmensa corriente de solidaridad que atraviesa fronteras. Personas, comunidades, organizaciones y países enteros descubren que el sufrimiento ajeno también les pertenece. De pronto comprendemos que la humanidad no está formada por millones de individuos aislados, sino por una sola familia. Lo que hiere a uno termina afectándonos a todos. 

Quizá esa sea una de las paradojas más profundas del sufrimiento: mientras rompe tantas cosas por fuera, puede despertar algo muy valioso por dentro. Nos recuerda que fuimos creados para amar, cuidar, acompañar y sostenernos mutuamente. Bajo las capas del individualismo, la prisa y el ruido cotidiano sigue latiendo la imagen de Dios impresa en cada ser humano.

Jesús reprochaba a sus contemporáneos que supieran interpretar el color del cielo y, sin embargo, no fueran capaces de discernir “los signos de los tiempos” (Mt 16,3). No hablaba de predecir catástrofes ni de alimentar el miedo. Invitaba a descubrir cómo Dios continúa hablando a través de la historia y de los acontecimientos que sacuden nuestra existencia.

Cada crisis puede convertirse en un lugar de revelación. No porque Dios quiera el sufrimiento, sino porque nunca deja de salir a nuestro encuentro en medio de él. Allí donde todo parece derrumbarse, Él sigue llamándonos a una conversión más profunda, a revisar nuestras prioridades y a recordar aquello que habíamos olvidado: que la vida es un don, que el amor permanece y que ninguna existencia se salva sola.

San Pablo escribió que «toda la creación gime y sufre dolores de parto» (Rom 8,22). Me gusta pensar que esos dolores no anuncian solamente un final, sino también un nacimiento. Cada vez que la tierra tiembla, Dios sigue sembrando hombres y mujeres capaces de levantar esperanza entre los escombros.

Oremos por nuestros hermanos y hermanas de Venezuela y por todos los pueblos que hoy sufren las consecuencias de los desastres naturales, la violencia o la pobreza. Y pidamos la gracia de no esperar a que vuelva a temblar la tierra para despertar nuestra conciencia. Que aprendamos a vivir atentos a esos signos silenciosos mediante los cuales Dios sigue invitándonos, cada día, a construir un mundo más humano, más fraterno y más parecido a su Reino.

Ricardo Márquez puede ser contactado en marquez_muskus@yahoo.com.

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