Por el Padre Bernardo Lara
SAN DIEGO — Al llegar a la mitad del año, vale la pena detenernos a reflexionar sobre uno de los principios más profundos de la fe cristiana y de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad humana.
La Iglesia enseña que toda persona posee un valor infinito, no por su dinero, nacionalidad, raza, productividad o estatus migratorio, sino simplemente porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios.
En una sociedad como la de Estados Unidos, marcada por enormes avances tecnológicos y económicos, pero también por profundas divisiones sociales, este tema se vuelve especialmente urgente. Y lo será aún más en los próximos meses.
El Papa León XIV ha dedicado incluso una encíclica al tema de la dignidad humana en relación con la inteligencia artificial, una señal clara de que la Iglesia reconoce los desafíos éticos y espirituales de esta nueva etapa de la humanidad.
Hoy vemos múltiples amenazas contra la dignidad de la persona: la polarización política, el racismo, la violencia, la crisis migratoria, la soledad, la pobreza escondida, las adicciones y la deshumanización en las redes sociales. Vivimos en una cultura que con frecuencia mide a las personas por lo que producen y no por quienes son.
Frente a esta realidad, el Papa Francisco insistió constantemente en que el ser humano nunca puede convertirse en un “objeto descartable”. Cuando una sociedad comienza a mirar a ciertos grupos como amenazas, estadísticas o cargas, empieza también a perder parte de su alma.
Uno de los ejemplos más claros lo vemos en la situación de los migrantes. Miles de personas llegan buscando seguridad, trabajo y una vida digna para sus familias, pero muchas veces encuentran rechazo, miedo o indiferencia.
Defender la dignidad humana no significa ignorar las leyes ni la necesidad de un orden social. Significa recordar que, aun en medio de debates políticos complejos, jamás debemos perder de vista la humanidad y la compasión.
La dignidad humana también se defiende cuando acompañamos a quienes sufren ansiedad, pobreza o abandono. En un país donde muchos aparentan éxito, pero viven agotados y solos por dentro, el Evangelio nos recuerda que toda persona necesita ser escuchada, valorada y amada.
Jesucristo nunca miró a las personas según su posición social, su origen o su utilidad. Miró corazones.
Tal vez ese sea el gran desafío espiritual de nuestro tiempo: aprender nuevamente a vernos unos a otros, no como enemigos ideológicos, sino como verdaderos hermanos y hermanas.
Y quizá este sea un buen momento para preguntarnos cómo estamos mirando a quienes nos rodean: en nuestra familia, en el trabajo, en la Iglesia, en las redes sociales o incluso en medio de las discusiones políticas.
Cada persona que encontramos carga una historia, heridas, esperanzas y una dignidad que nadie puede quitarle. Como cristianos, estamos llamados no solo a defender la dignidad humana con palabras, sino también con nuestras actitudes cotidianas: escuchando más, juzgando menos, mostrando compasión y reconociendo el rostro de Cristo en los demás. Tal vez así podamos ayudar a construir una sociedad más humana, más justa y más cercana al Evangelio.
El padre Bernardo Lara es pastor de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles.









