La campaña contra nuestra comunidad es una prueba profunda

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Familias participaron en una procesión organizada por la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe de San Diego el 19 de enero 2025, antes del comienzo de la presidencia de Donal Trump. (Foto de David Maung)

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SAN DIEGO — Hay heridos en las calles.
Hay rabia, resentimiento, miedo e impotencia ante las medidas migratorias que afectan especialmente a la comunidad hispana que vive en los Estados Unidos.
No es un pequeño grupo. Para el año 2023, los hispanos representábamos el 19.5 por ciento de la población total de los Estados Unidos, 65 millones de seres humanos. Hoy muchos caminan por las calles — aún con sus papeles en regla y después de años de trabajo en el país— con miedo a ser detenidos e interrogados por la policía. Las más afectadas son mujeres que trabajan limpiando casas, trabajadores del campo, de los jardines, restaurantes, hoteles y construcción.
Me impresiona como se prepara y se diseña, con intención destructiva, una narrativa que termina presentando sólo el aspecto oscuro y amenazante del inmigrante hispano: invasores, delincuentes, traficantes que vienen a crear problemas y perturbar a la población americana. Tanto lo repiten los voceros gubernamentales que un gran sector de la población lo acepta y le hace eco.
Se alimenta un “racismo” sutil, y a veces descarado, para convencer a la población americana que la población hispana está invadiendo su tierra, que están abusando de sus servicios y recursos, que están poniendo en peligro la grandeza del país. ¿Cuál es la intención política de esta narrativa? ¿Qué intenta justificar? La conclusión de esta lógica es clara: hay que sacar y reprimir a los que se presentan como invasores, a los delincuentes y traficantes que perturban a la población, y así se justifican las deportaciones y la represión. Es una visión reducida e injusta de una realidad compleja.
La represión no apaga los conflictos, los enardece y profundiza las fracturas sociales. Más esfuerzo se requiere para construir que para destruir; construir la convivencia, construir el respeto de las culturas y las diferencias. No necesitamos estar en grandes escenarios para promover estas nuevas actitudes de respeto y solidaridad, lo podemos hacer desde lo ordinario y cotidiano de nuestras familias, escuelas, parroquias y vecindarios. Nada se pierde, todo cuenta, desde la manera cómo saludas al que limpia los baños públicos en los aeropuertos hasta la mano que le das a un anciano para bajar del autobús; y también cuando unes tu voz y tus acciones para mostrar públicamente que las decisiones que están tomando los que gobiernan no están produciendo progreso, salud y bienestar para todos los ciudadanos.
Que narrativa tan diferente es la que aparece en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos: “Sostenemos como evidentes por sí mismas estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”.
Esa visión de la dignidad humana hizo grande, magnánimo y generoso a este país que nos acogió y al que hemos entregado nuestro trabajo y talento. Si nos miramos con desprecio, despreciamos; si nos miramos como extranjeros, nos separamos; si nos miramos como amenaza, nos hacemos enemigos… ¿Qué tipo de nación somos si permitimos que el miedo y la deshumanización guíen nuestras políticas?
Que tu mirada y la mía, que reconocen a los perseguidos y maltratados de nuestra comunidad hispana como hermanos, igualmente dotados de la dignidad por su Creador, contribuya con nuestro testimonio y acciones solidarias a sanar las heridas y fomentar la fraternidad con todos los que habitamos esta tierra americana.

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