Perspectiva: ¿Tendremos que Ir Todos a la Luna?

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Por Ricardo Márquez

SAN DIEGO — Hay verdades que duelen por su evidencia. Una de ellas es esta: pareciera que necesitamos alejarnos de la Tierra para comenzar a amarla.

Quienes han contemplado nuestro planeta desde el espacio —como los astronautas del programa Artemis— regresan con una misma convicción: la Tierra es frágil, hermosa, única… y profundamente vulnerable. Desde esa distancia no se ven fronteras, ni odios, ni guerras. Solo un hogar común que clama silenciosamente por cuidado.

¿Y nosotros? ¿Qué vemos cuando miramos nuestro propio mundo?

La Palabra de Dios nos lo ha dicho desde siempre: “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el mundo y todos sus habitantes” (Salmo 24).

La creación no nos pertenece; nos ha sido confiada.

Sin embargo, vivimos como si fuéramos dueños absolutos. La guerra destruye vidas y territorios. La ambición agota los recursos. La indiferencia endurece el corazón. Y en medio de todo, olvidamos lo esencial: el agua que bebemos, el aire que respiramos, la vida que nos rodea… son dones sagrados.

Carl Sagan, al contemplar la Tierra como ese “pálido punto azul”, nos confronta con una verdad incómoda: todo lo que somos, amamos y conocemos habita en una frágil esfera suspendida en la oscuridad. No hay otro hogar.

Esta conciencia ha sido proclamada con fuerza por la Iglesia. En Laudato Si’, Papa Francisco nos recuerda: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de basura” (LS 21).  Al mismo tiempo nos llama a redescubrir su belleza: “El mundo es algo más que un problema a resolver; es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza” (LS 12).

Estas palabras no son solo una reflexión: son un llamado urgente a la conversión.

Hoy la humanidad se encuentra en una encrucijada moral y espiritual. Cada vez más personas perciben con claridad que no podemos seguir viviendo de espaldas a esta realidad. O aprendemos a cuidar, respetar y reconciliarnos con la creación, o seremos testigos —y responsables— de su deterioro.

Este no es sólo un llamado ecológico. Es una llamada profunda a la conversión.

Conversión del corazón, para pasar de la indiferencia a la compasión. Conversión de la mirada, para redescubrir la belleza de lo creado. Conversión de la vida, para asumir con responsabilidad nuestro lugar como custodios.

No necesitamos viajar a la luna para descubrir el valor de la Tierra. Necesitamos abrir los ojos, despertar el espíritu y dejarnos interpelar.

Porque quien aprende a amar la creación, aprende también a amar al Creador y ver sus señales en todo. Y quien destruye la obra, ignora y desprecia a su Creador. 

El tiempo de la inconsciencia está llegando a sus límites. Es hora de elegir: o cuidamos la casa común… o la perdemos.

Se puede contactar a Ricardo Márquez en marquez_muskus@yahoo.com.

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