Por Ricardo Márquez
SAN DIEGO — Una guerra, en cualquier parte del mundo, ya no es un conflicto lejano. Sus efectos se extienden como ondas que atraviesan fronteras, economías, culturas y corazones.
Creímos que no volveríamos a ser testigos de conflictos con consecuencias globales. Pensamos que los horrores del pasado habrían elevado nuestra conciencia colectiva y transformado las relaciones entre los pueblos. Sin embargo, hoy volvemos a presenciar guerras que involucran a varias naciones, cada una defendiendo sus intereses y justificando la destrucción del otro como condición para su propia seguridad.
Al mismo tiempo, vivimos en una época en la que comprendemos mejor que nunca la interconexión entre las realidades humanas, sociales, políticas y espirituales; todo está profundamente conectado.
Cuanto más complejo es un sistema, más sensible se vuelve a pequeños cambios. Lo vimos claramente con el virus SARS-CoV-2, causante del COVID-19. Este virus mide apenas entre 60 y 140 nanómetros de diámetro; un nanómetro es la milmillonésima parte de un metro. Algo prácticamente invisible logró alterar la dinámica del mundo entero, transformando nuestras relaciones, nuestras economías y nuestra forma de vivir.
Algo similar ocurre con el sufrimiento humano. En una guerra, cada muerte, cada lágrima, cada angustia genera ondas que se expanden mucho más allá del lugar donde ocurren. Nos afectan de maneras visibles e invisibles. Cuanto mayor es la sensibilidad de una persona, más percibe estas resonancias emocionales y espirituales.
Pienso en el momento en que Jesús experimentó el peso del abandono y la soledad en el huerto de Getsemaní: “En medio de su angustia, oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que caían al suelo” (Lc 22,44).
Pero no solo el dolor genera ondas en el mundo. También lo hacen la bondad, la solidaridad y el amor. En medio de los conflictos —aunque raramente aparezcan en los titulares— surgen incontables gestos de humanidad: hogares que se abren para acoger a quienes huyen, alimentos compartidos, voluntarios que transportan ancianos y heridos, personal de salud que arriesga su vida para salvar la de otros, comunidades que convierten sus espacios en refugio.
Allí está viva la esperanza. Allí late el sentido profundo de la vida. Allí resuena el mensaje de Jesús: “Que todos sean uno” (Jn 17,21).
Por eso nada se pierde. Cada gesto de bondad, cada oración silenciosa, cada acto de servicio genera ondas de vida que fortalecen, sostienen y sanan. Incluso en medio de la oscuridad siempre podemos elegir ser fuentes de luz, compasión y solidaridad.
No hacen falta actos extraordinarios. Basta hacer lo ordinario de manera extraordinaria: con intención, con conciencia y con sentido de comunión.
Ante estas guerras caben preguntas necesarias: ¿Qué nos están mostrando? ¿Qué hemos descuidado? ¿Qué valores han guiado nuestras decisiones como personas y como sociedades?
Plantearnos estas preguntas ya abre la puerta a la transformación. Nos invita a mirar hacia dentro, a despertar y a gestar —aunque sea con dolor— nuevas formas de vivir y de relacionarnos como familias, comunidades y pueblos.
Mis gestos cuentan.
Mis decisiones cuentan.
Las oraciones en el silencio de mi habitación cuentan.Cultivar la solidaridad y el servicio también cuenta.
Las recomendaciones para estos tiempos ya nos las hicieron: “Revístanse de profunda compasión, de amabilidad, humildad, mansedumbre y paciencia. Sopórtense mutuamente… Que la paz de Cristo dirija sus corazones… y sobre todo, ámense. Y sean agradecidos” (Col 3,12-17).
En un mundo profundamente interconectado, tus gestos de luz cuentan y contribuyen a cambiar la historia. Contamos contigo.
Se puede contactar a Ricardo Márquez en marquez_muskus@yahoo.com.









