SAN DIEGO — Así como de rápida fue la elección de León XIV, así de veloz fue la avalancha de información, comentarios, opiniones y especulaciones sobre él.
¿Cómo se puede construir un criterio razonable, sensato y armónico de un líder mundial como es el Papa, sin dejarse arrastrar por las narrativas y puntos de vista que casi nos ponen en una posición de tener que definirlo, aceptarlo o rechazarlo? ¿Cómo enfrentar las dudas, sospechas, inquietudes que nos generan las opiniones diversas y las que llevamos por dentro? ¿Cómo lograr un estado de serenidad emocional que permita dialogar, escuchar y discernir, cuando llevamos heridas emocionales no sanadas de experiencias traumáticas dentro de la comunidad de nuestra Iglesia?
No hay respuestas fáciles ni inmediatas a estas preguntas que son sensibles a nuestro corazón y la conciencia. Lo primero que me viene a la memoria es la recomendación que hace San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales: “En tiempos de desolación no hacer mudanza”.
¿Cómo interpretar esta recomendación en un lenguaje contemporáneo? En tiempos de confusión, ansiedad, vacío interior y tristeza, no tomemos decisiones importantes. En tiempos donde estamos nublados emocionalmente abramos un espacio para entonarnos, serenarnos y escuchar la voz interna de nuestra conciencia en el silencio. No se trata de idealizar ni condenar, sino de acercarse con una mirada abierta y serena al contexto y a la historia de la persona del Papa, sin caer en simplificaciones que nos encasillen en el “todo o nada”.
Las dudas, sospechas e inquietudes nos acompañan. Lo que se resiste persiste. La mejor manera de lidiar con ellas es escucharlas con respeto y compasión, notar los movimientos emocionales interiores, poner atención a las reacciones que nos provocan: ¿contracción o expansión del alma? ¿Qué me bloquea? ¿A qué me resisto? Este proceso, como cuando se sedimentan las aguas turbias en una botella, nos permite tener mayor claridad y armonía interior ante la confusión de tantas voces externas.
Desde las heridas no sanadas nuestras opiniones “gritan” y “lloran”, especialmente las relacionadas con experiencias difíciles dentro de la comunidad de la Iglesia. La desconfianza, el desconcierto y el rechazo no nacen siempre de la falta de fe, sino muchas veces de heridas no sanadas, de experiencias de abuso de poder, de silencios que dolieron, de traiciones al mensaje más profundo del Evangelio: el amor. El camino hacia la sanación emocional no exige olvidar el pasado, sino caminarlo con verdad, a veces con ayuda, y con la certeza de que hay espacios y personas que pueden acompañarnos con respeto y sin presión para integrarlo. La esperanza no es ingenuidad; es resistencia amorosa. Podemos confiar en que hay caminos nuevos, incluso en medio de la desilusión o la crisis. Podemos creer que el amor —cuando es honesto— sigue siendo más fuerte que cualquier herida.
No se trata de idolatrar o rechazar al nuevo PAPA. La invitación es construir un criterio informado, dialogante, compasivo. Un criterio que sepa leer los signos de los tiempos, sin ceder al cinismo ni a la ingenuidad, creando espacios donde podamos hablar sin miedo, escuchar sin prejuicio y compartir nuestras heridas sin temor a ser descalificados. La Iglesia —como toda comunidad humana— está formada por personas frágiles y, al mismo tiempo, portadoras de esperanza. Solo desde esta verdad podemos reconstruir la confianza.









