Por el Padre Bernardo Lara
SAN DIEGO — Vivimos en un tiempo en el que la rapidez de la vida y la incertidumbre están a la orden del día. Todo parece transcurrir a un ritmo acelerado. Basta con detenernos un momento para darnos cuenta de que las vacaciones de verano están por terminar; quizá, para cuando leas esta columna, ya habrán concluido para muchos.
El ritmo de vida que llevamos apenas nos deja espacio para respirar. Encendemos las noticias y la situación no parece mejorar. Los acontecimientos cambian de un momento a otro; las redes sociales nos inundan de opiniones, malas noticias y comparaciones constantes, mientras que el futuro, con frecuencia, se percibe incierto e incluso aterrador. El resultado es una realidad que afecta a muchos, tanto adultos como jóvenes: la ansiedad. Ansiedad por el trabajo, la familia, la salud, la economía o la situación migratoria.
Sin embargo, es precisamente aquí donde la fe tiene algo que decir. La esperanza que el cristianismo nos ofrece no consiste en negar la realidad, ignorar los problemas o fingir que todo está bien. Al contrario, muchas veces necesitamos volver la mirada hacia Jesús sufriente en el jardín de Getsemaní. Él también experimentó la angustia, el miedo y el peso de lo que estaba por venir. La diferencia es que esa angustia la puso, con absoluta confianza, en las manos del Padre.
La fe no elimina nuestros problemas, pero nos da la certeza de que Dios continúa obrando incluso en medio de ellos. Creer en Dios no significa tener todas las respuestas, vivir sin dificultades o encontrar siempre soluciones inmediatas. Significa, más bien, cimentar nuestra vida en Aquel que nos creó, que sostiene nuestra historia y que nunca deja de acompañarnos. La fe nos recuerda que no caminamos solos, aun cuando la ansiedad quiera convencernos de lo contrario. Dios está presente, incluso cuando no podemos percibirlo.
Por eso es tan importante dedicar tiempo a la oración, especialmente al silencio. Necesitamos desconectarnos del ruido constante para volver a conectar con Aquel que tiene palabras de vida eterna. En tiempos de incertidumbre, la esperanza cristiana se convierte en un testimonio indispensable. Frente a una cultura que con frecuencia siembra miedo, el creyente está llamado a anunciar, con su propia vida, que el amor de Dios tiene la última palabra.
El padre Lara es párroco de la parroquia Nuestra Señora de los Ángeles de San Diego.









