Por el Padre Bernardo Lara
SAN DIEGO — Los católicos seguimos viviendo tiempos litúrgicos importantes.
Aún nos encontramos en la segunda mitad de la Pascua, encaminándonos hacia Pentecostés, un momento propicio para reflexionar sobre la vida nueva y los dones de Dios.
En medio de tiempos de tensión, de palabras duras e incluso de ataques contra el Papa León XIV, estamos llamados a volver al corazón del Evangelio: la paz que nace de Cristo. Conviene recordar que la paz cristiana no es simplemente la ausencia de conflicto, sino la presencia activa del amor de Dios en medio de nosotros.
Como han señalado recientemente varios obispos, incluso el Papa ha sido objeto de críticas e insultos por hacer un llamado a la paz. Sin embargo, no es algo nuevo: el mismo Jesús fue incomprendido, criticado y rechazado, incluso por las autoridades políticas y religiosas de su tiempo. Fue crucificado precisamente en medio de esas tensiones. Esto también forma parte del Evangelio.
Una Iglesia, un evangelio, que no incomoda, corre el riesgo de diluirse en lo mundano. Pero un evangelio que, sin recurrir al insulto, proclama la paz y aún así incomoda, es verdaderamente espiritual.
Cuando escuchamos palabras que hieren o dividen, la tentación inmediata es responder de la misma manera. Pero como discípulos estamos llamados a algo más alto: a ser artesanos de paz. Tanto el Papa Francisco como el Papa León XIV han recordado constantemente que la verdadera fuerza del cristiano no está en imponerse, sino en tender puentes.
Ahora bien, la paz también exige verdad. No se trata de ignorar lo que está mal. “Poner la otra mejilla” no significa permitir abusos o injusticias, sino responder desde la caridad sin caer en la lógica del enfrentamiento. Es precisamente este equilibrio el que el Papa León busca promover. Aunque la polarización política se infiltre en nuestras comunidades, el Espíritu Santo nos llama a algo más grande que los intereses terrenales.
El odio se contagia, pero en tiempos de confusión Dios sigue obrando a través de su Iglesia, cuya cabeza visible es el Papa, como lo ha hecho a lo largo de dos mil años. Conviene no olvidar que sembrar división es contrario al espíritu del Evangelio, mientras que la comunión es fruto de Dios. En momentos de duda, permanece vigente el criterio evangélico: “por sus frutos los conocerán”.









