Por Ricardo Márquez
SAN DIEGO — Un día le pregunté a mi nieta de seis años: “¿Cuál es el mejor regalo que te podría dar?”, y me respondió sin pensarlo mucho: “Un iPad”.
No dudo que también hubiera dicho una Barbie o una bicicleta, pero fue lo primero que se le ocurrió, lo cual es un indicativo de los intereses y valores dominantes en el ambiente.
Ya vemos bebés jugando con los teléfonos que les dan sus padres para distraerlos y calmarlos, haciendo el primer ejercicio de usar sus deditos para mover la pantalla y tranquilizarse ante sucesivos estímulos.
El tema no es el teléfono en sí, sino el uso y el papel que empieza a jugar como regulador emocional externo. Ya el bebé no se calma con el abrazo, el apurruño cerca del corazón y el mirarse a los ojos; va perdiendo la capacidad de tolerar sus frustraciones, de esperar y de pasar de un estado emocional a otro desde dentro. En estas conductas que se han normalizado están las semillas de futuras depresiones y adicciones.
La encíclica reciente del Papa León XIV, “Magnifica Humanistas”, que lleva el subtítulo “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, es una fuente rica de información y de criterios para reflexionar y discernir sobre el tema de las nuevas tecnologías y, en especial, sobre la Inteligencia Artificial (IA).
La herramienta en sí misma no es “mala”, como tampoco lo son otras creaciones del ingenio humano, como la electricidad, el teléfono o la imprenta. Lo que importa son las intenciones y los criterios que guían su uso: para el bien o para el mal, para la construcción o para la destrucción.
¿En qué se diferencia la IA de otras grandes invenciones de la humanidad?
La IA puede generar narrativas que sustituyan las capacidades de pensar y decidir de los seres humanos. La IA puede crear “verdades” con su narrativa y crear confusión. La imprenta, por ejemplo, es un instrumento en manos del ser humano que no decide qué libro imprimir ni tiene capacidad para editarlo. En este sentido, es una herramienta pasiva, cosa que no ocurre con la IA, que es activa y autogeneradora de contenidos y narrativas, guiados por intereses que no necesariamente son los del bien común. La pregunta clave en las enseñanzas de la encíclica no es: ¿hasta dónde puede llegar la IA?, sino: ¿hasta dónde queremos llegar nosotros como humanidad sin dejar de ser humanos?
Lo que nos caracteriza como seres humanos, desde nuestra tradición cristiana, es el “amor a Dios, al prójimo y a sí mismo”, al reconocernos como “imagen y semejanza” del misterio de Dios. En otras tradiciones de sabiduría universal también encontramos rasgos esenciales de nuestra humanidad: el “saber que sabemos”, la conciencia, la compasión, la sencillez, la humildad, la libertad, la capacidad de expresar nuestras emociones y la disposición a cuidar y prodigar cariño a los demás y a la naturaleza.
Un robot o una supercomputadora pueden prestar excelentes servicios al acelerar y hacer más eficientes determinadas funciones humanas, pero no sustituirlas. Ese es, precisamente, uno de los mayores peligros que enfrentamos hoy y en el futuro inmediato.
Al final, es una cuestión de elección: decidir cómo utilizarlos en función del bien o del mal, como nos recuerda la sabiduría bíblica: “Yo pongo ante ustedes el bien y el mal, la vida y la muerte” (Dt 30,15ss). De ahí la creciente urgencia de formar la conciencia y fortalecer nuestra capacidad de discernimiento.
Y aquí les dejo el mejor regalo que pude ofrecerle a mi nieta, uno que ningún iPad ni la inteligencia artificial pueden darle:
“Creo que el mejor regalo
que puedo recibir
de alguien es el ser vista por él,
escuchada por él.
El mejor regalo que puedo dar
es el ver, escuchar, comprender,
y tocar a otra persona.
Cuando esto se ha hecho
siento que el contacto se ha realizado.”
_ Virginia Satir, En Contacto Íntimo, 2019









