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Perspectiva: El poder de la vulnerabilidad

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Por el Padre Bernardo Lara

ROMA — Unas de mis películas favoritas son las de James Bond, el agente 007, y precisamente el mes pasado se estrenó la más reciente entrega, titulada “No Time To Die”.

Tuve la oportunidad de ver la película aquí en Roma, me gustó, sin embargo, me llamó mucho la atención de que ahora muestran a un James Bond desde otra perspectiva. Estamos acostumbrados a ver a un agente secreto casi intocable: corre, brinca, golpea, dispara, y todo sin despeinarse. Pero en esta entrega es distinto.

Ahora muestran a un 007 vulnerable, y por lo tanto más humano. En ésta, la película 25 de la saga, nos presentan a un James Bond retirado, que vive tranquilo con su pareja. Como era de esperarse, la trama lo regresa al campo de acción, en donde ponen de manifiesto que el Bond que nosotros conocíamos ha cambiado. En esta ocasión el personaje sufre y deja de ser garantía el hecho de que saldrá con vida; es un James Bond vulnerable.

Generalmente vemos la vulnerabilidad como una debilidad. Lo mismo pasa en el Evangelio: el Jesús que sanaba a las personas atraía multitudes, pero el Jesús vulnerable que sangraba en la cruz estaba abandonado; el Jesús que hablaba sobre riquezas era escuchado, pero cuando hablaba de su pasión y muerte era callado. Nosotros como sociedad vemos la vulnerabilidad como señal de debilidad.

Exactamente lo mismo sucede hoy en nuestra Iglesia. Algunas personas no tienen problema con una Iglesia de la época medieval, en la que se hablaba en latín, las ideas se imponían y hasta los mismos reyes se doblegaban. Pero no les agrada la Iglesia de hoy en día que lidera Francisco, una Iglesia que sufre, que habla el idioma de la gente, que pide perdón y que sangra. Una Iglesia que se muestra más humana y más fuerte, capaz de solidificar relaciones entre personas y con Dios; una Iglesia que no se avergüenza de mostrar su vulnerabilidad.

Cristo se hizo humano y por esto la Iglesia no puede olvidar su lado humano. De lo contrario estaríamos cayendo en el mismo pecado de Adán y Eva, ignorando nuestra humanidad y nuestra dependencia en Dios: “coman y serán como dioses”.

El verdadero amor es entrega. El seguir los mandamientos “amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo” forzosamente nos exige volvernos vulnerables y así, más fuertes. Cualquiera puede ignorar al necesitado, gritar o hasta insultar, pero el fuerte es aquel que sale más allá de sí mismo. Recordemos las palabras de San Pablo: “(Dios me dijo) Te basta mi gracia; mi mayor fuerza se manifiesta en la debilidad”.

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