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Perspectiva: Ve la luz del amor no solo el show de luces

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Por Ricardo Márquez

SAN DIEGO — La Navidad es la oportunidad para recordar y renovar la memoria de la presencia del misterio de Dios en nuestra historia. 

El nacimiento sencillo, humilde y natural de Jesús es lo que está en la base y el fondo de todas las luces y publicidades que nos deslumbran. Con Jesús la idea y la experiencia del misterio de Dios cambia totalmente. 

Dios para el creyente ya no es un ente lejano o una energía impersonal del universo; es una persona que se acerca, se hace presente como niño, crece entre nosotros, nos regala una buena noticia, muere y resucita, abriéndonos la conciencia de una nueva realidad que nos cambia el sentido de nuestras vidas…la muerte no tiene la última palabra.

¿Cómo podemos abrir espacios de celebración, oración y reflexión para conectarnos con el sentido de la Navidad? La corriente de la publicidad nos empuja a pensar en la decoración, los regalos, las luces y los fuegos artificiales. Se requiere de una decisión consciente de los padres y de las familias para explicitar el sentido de lo que celebramos. La trasmisión de la fe comienza privilegiadamente desde los primeros años, se aprende por imitación y modelaje al cantar juntos, al hacer la señal de la cruz, al juntar las manos y dar gracias por la comida. Todos esos gestos y rituales son silenciosas lecciones de fe y amor. Primero son las vivencias y después vendrán las reflexiones y explicaciones que ampliarán los significados. En el camino de la educación de la fe es más fácil construir sobre lo construido que dejar pasar el tiempo de los primeros años de vida. 

La fe es el regalo que recibimos en el hogar para poder abrir nuestra mente y nuestro corazón a esas realidades misteriosas donde la razón puede pasarse años dando vueltas. Los padres y mayores de la familia nos trasmiten con sus palabras y acciones que hay algo más allá y más grande que nosotros, un Padre Creador que nos ama, un Dios que se hace presente en Jesús y su Espíritu que nos acompaña. 

La fe también es una decisión que nos permite mirar con otros ojos la realidad, ver más allá del dolor y las limitaciones la luz de una esperanza. La fe es el salto y la opción libre de confiar y entregarse al amor incondicional de Dios que se revela en un niño que nace en un pesebre.   

Hoy me atrevo a recrear y hacer eco de una proclama ancestral del pueblo de Israel: Escuchen familias y pueblos, amen a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su fuerza. Pongámosle atención al mensaje de fraternidad, paz y justicia de Jesús para tener vida y vida en abundancia; estemos atentos a las señales de los tiempos y a las inspiraciones del Espíritu en la comunidad para cuidar, sanar y reconciliar; y no dejemos de repetirles a nuestros hijos en la casa, la iglesia doméstica, al levantarse, en la mesa y al acostarse que no estamos solos, que no temamos en estos momentos de confusión, porque el Creador del Universo se hizo uno como nosotros en Jesús para recordarnos para siempre que nos ama y que nada de lo que É; creó se perderá…y eso es renacer, ¡eso es Navidad! 

 

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