Perspectiva: Que la guerra no me sea Indiferente

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Por Ricardo Márquez
SAN DIEGO — Estamos en tiempos de guerras. Las más señaladas por la prensa han sido las de Ucrania y ahora la del medio oriente entre Israel y Palestina. También en otras regiones y países hay grupos enfrentados que generan muerte y hambrunas en sus países como en Yemen, Etiopía y Haití.
¿Qué nos pasa? ¿No hemos aprendido del dolor y las tragedias que hemos tenido en tiempos pasados?
Hemos logrado avances y desarrollos extraordinarios como humanidad en la ciencia, las artes, el deporte y las nuevas tecnologías. Todos los seres humanos nacemos con un anhelo universal compartido de ser amados y respetados. ¿Por qué entonces las guerras?
Para oprimir, someter, humillar y matar a otros se ha dado todo un proceso de condicionamiento de la mente, a través de creencias, ideologías, y juicios que nos llevan a ver al otro como enemigo, como amenaza, como estorbo, como cosa.
Las guerras están guiadas por el miedo a perder el dominio de lo que poseemos, sean nuestras fronteras o nuestros bienes. La defensa y protección de nuestros intereses se logra a través del poder y la fuerza que acumulemos para atemorizar al que nos quiera agredir.
Es inconcebible desde una perspectiva más elevada y evolucionada de la conciencia entender por qué ocurren las guerras como lo expresó el astrofísico Carl Sagan (1934-1996) cuando escribió sus reflexiones sobre “Un Pálido Punto Azul”, palabras inspiradas por una fotografía de la Tierra tomada el 14 de febrero de 1990 desde una distancia de 6,000 millones de kilómetros.
La tierra se ve como un pequeño punto azul en el Universo, “una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”, en ella vivimos, es nuestra casa: “Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de ese punto… Piensa en las interminables crueldades visitadas por los habitantes de una esquina de ese pequeño punto para los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina; lo frecuente de sus incomprensiones, lo ávidos de matarse unos a otros, lo ferviente de su odio. Nuestras posturas, nuestra imaginada autoimportancia, la ilusión de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida”. Y así concluye su reflexión: “Quizá no hay mejor demostración de la tontería de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar el pálido punto azul, el único hogar que jamás hemos conocido”.
De las fuentes de nuestra tradición cristiana también podemos alimentar hoy las esperanzas para la creación de un mundo más fraterno. ¿Cómo resuenan hoy en nuestro interior las palabras de nuestro maestro Jesús?: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, ellos serán llamados hijos de Dios” (Mt. 5:9). Y estas más difíciles de digerir: “Ustedes han oído que se dijo, ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Pero yo les digo, amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen”.
Repetir, meditar, pedir la gracia de vivir este mensaje en nuestra cotidianidad es hoy una invitación urgente. Pasar del conocimiento del mensaje al sentir el deseo de ser instrumentos de paz para actuar en lo cotidiano es uno de los retos y aportes de nuestra tradición de seguidores de Jesús en este mundo en guerra. Aunque esta opción no está exenta de tribulaciones, como tampoco lo fue para Jesús y sus discípulos, me anima su promesa: “No teman, que yo estaré siempre con ustedes”.

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