Perspectiva: Perdón, Transformación y Sentido de la Vida

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Foto ilustración de Shoheib Albolhassani, por Unsplash.com

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Por Ricardo Márquez
SAN DIEGO — Convivir entre seres humanos en la familia, en el trabajo, en la parroquia…en el mundo, nos expone constantemente a herirnos emocionalmente, con prejuicios, descalificaciones, humillaciones y maltratos por causa de raza, opiniones políticas, género y creencias religiosas.
Nos ofendemos con frecuencia y no tenemos conocimiento sobre el terreno en el que caen nuestras palabras o acciones hirientes. En un encuentro con un residente de una prisión, me llamó la atención la forma como se presentó: me llamo “Armandito”, me dijo. Cuando le pregunté de dónde venía ese nombre me respondió: “De mi abuela. Ella fue la única en mi casa que me daba cariño y me cuidaba, y me llamaba con afecto ‘Armandito’. De mis padres lo único que oía era: Armando, eres descuidado…no te entran las cosas en la cabeza…tienes mal carácter… Me puse ese nuevo nombre porque me recuerda el cariño de mi abuela que me sostiene y todavía cree en mí”.
Si fueramos conscientes del poder destructivo y constructivo de nuestras palabras seríamos mucho más cuidadosos al decirlas. Hay palabras que hemos dicho que tienen efectos destructivos en personas durante muchos años y a veces durante toda la vida.
Perdonar supone un proceso interno de transformación, es algo muy personal y lleva su tiempo. Cada persona reacciona de manera diferente ante las ofensas. Tiene mucho que ver con el modelaje que nos dieron nuestros padres, y la forma cómo se manejaron los conflictos en la familia o el vecindario.
Tuve la oportunidad de asistir a una reunión de aniversario de la liberación de los prisioneros judíos de Auschwitz en mi país, Venezuela. Dos testimonios me llamaron la atención. Un sobreviviente compartió la necesidad que tuvo de perdonar a los soldados nazis que lo maltrataron y asesinaron a sus familiares. El dolor profundo de los recuerdos, la impotencia de hacer justicia y los deseos de venganza lo asfixiaban, no le dejaban dormir, y lo enfermaron; sólo cuando se dio cuenta del daño que se estaba haciendo así mismo decidió soltar el resentimiento y perdonar. Cuando se conectó con el agradecimiento de haber sobrevivido y lo que todavía podía hacer por sus hijos, le encontró sentido a su vida. Fue como salir de un hueco y encontrar un camino. Una visión de lo que podía hacer con su vida le dio nuevos ojos y superar la ceguera emocional que le había provocado el pasado. “Cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiar nosotros mismos”. (Viktor Frankl, El Hombre en Busca de Sentido, Herder, Barcelona, 2015)
Otro sobreviviente expresó con gran honestidad: “No me pidan, ustedes que no han pasado esa experiencia, que perdone, no puedo perdonar…”. Percibí un dolor profundo y honesto que me infundió respeto, solté mis moralismos y me conecté con la empatía y la compasión. Respeto, tiempo y compañía era lo mejor que se podía ofrecer.
Perdonar será siempre una decisión personal, un atributo de la libertad que tenemos para elegir la actitud con la que afrontamos el sufrimiento.
El que perdona y el perdonado, entran en un campo de mutuo reconocimiento de su dignidad, se ven desde otra perspectiva, trascendente o sobrenatural, se liberan mutuamente de ataduras y experimentan paz, aceptación y alegría, generada por el agradecimiento del perdonado y el amor del que perdona. Esto es a lo que Jesús nos invita en el Padrenuestro, una forma de vivir por adelantado el gozo del “reino” de los cielos, cuando la palabra “reino” indica un estado emocional de gozo que generan la fraternidad, el perdón y la solidaridad.

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