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Perspectiva: No Tengo Tiempo Para Escuchar Tu Historia

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Por Ricardo Márquez

SAN DIEGO — “¿Quieren escuchar mi historia?”, gritaba una mujer en el estacionamiento de un banco. Una señora que se disponía a sacar dinero del cajero le respondió rápidamente, “No, estoy apurada. No tengo tiempo para escuchar tu historia”. Las otras personas, entre ellos yo, apresuramos el paso para alejarnos de la interpelación, como queriendo ahogar su voz con la distancia. 

¿Por qué nos incomoda la presencia del mendigo y sus gritos?, me pregunté. ¿Por qué la reacción natural de voltear el rostro y evadir la mirada del necesitado? Quizás el pobre grita en la calle lo que necesitan su cuerpo y su alma. Después de haber experimentado el dolor, el rechazo y el abandono, ya no tiene más que aparentar, sus heridas y su mugre son visibles, desde el abismo toma libertad y fuerza para gritarle a su Señor y a sus semejantes lo que busca y necesita. Y eso ¿por qué me afecta?, ¿qué tiene que ver conmigo?

Cuando caminamos bajo el sol, nos acompañan nuestras sombras. Una buena metáfora para entender que todos tenemos sombras en nuestras vidas, esas partes de nosotros mismos que no reconocemos, ocultamos por vergüenza o no queremos ver. Mis miedos, mis inseguridades, mis complejos, mis traumas…todas ellas forman parte de mis sombras. De ellas aprendemos a no hablar, a evadirlas, porque nos conectan con el dolor. 

Es quizás por eso que el mendigo nos las recuerda y reactivamente, inconscientemente, nos alejamos y volteamos la mirada. No encuentro el tiempo para sentarme y escuchar atentamente, compasivamente mi propia historia, de ahí que no tenga tampoco el tiempo para escuchar la historia de los otros.

El Papa Francisco utiliza la imagen de la Iglesia en estos tiempos como un “hospital de campaña”, y dice: “¡Cuánta pobreza y soledad lamentablemente vemos en el mundo de hoy! ¡Cuántas personas viven en gran sufrimiento y piden a la Iglesia ser signo de la cercanía, de la bondad, de la solidaridad y de la misericordia del Señor! Esta es una tarea que de manera particular compete a cuantos tienen la responsabilidad de la pastoral”.

La invitación es a ser un signo, una señal, un gesto de compasión, ternura y cariño que sirva, aunque sea de primeros auxilios a los heridos.  “Servir en lo concreto: Escuchar sin reloj a quien anda solo y vaciarse de respuestas consabidas. Perder tu programa favorito para dar un paseo con esa persona herida. Dejar en la estantería de la tienda aquello que no te hace falta y compartir con quien sabes que no llega al final de la semana. Servir en lo concreto…adelantarte a abrocharle los cordones del zapato al anciano antes de que tropiece y se caiga…bajar de las nubes la fe, aterrizar palabras y compartir tu esencia en su desnudez. Sólo hay que estar atentos, abrir los ojos y descubrir que todo es una oportunidad para amar y servir en lo concreto y pequeño, en lo desapercibido y discreto. Y encontrar que el sentido de la vida pasa por el amor concreto” (Fermín Negre).

Nos toca ser curadores heridos. No son nuestros méritos, ni logros externos los que nos hacen eficientes en el servicio, es la apertura a la gracia de Dios que clama dentro de nosotros, el Espíritu que nos llama y anima…sólo tenemos que entregarnos, soltarnos y dejarnos conducir por esta fuerza que nos lleva a reconocer en el otro nuestra propia imagen, la imagen de la creación en cada uno, la huella de Dios en todo. 

Si estoy consciente de mis sombras y heridas, las puedo reconocer en el otro, en el que las grita por la calle. Si estoy consciente del amor que me anima, me acepta y me perdona, estaré dispuesto a “escucharte” y escuchándote sanaremos ambos, y la luz y la fraternidad del Reino habrán ganado un nuevo espacio.

Ricardo Márquez es director asociado de la Oficina para la Vida Familiar y Espiritualidad de la Diócesis Católica de San Diego. Su correo es rmarquez@sdcatholic.org.

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