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Perspectiva: Busquemos una “terapia divina” para comenzar de nuevo

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Por Ricardo J. Márquez, Ph.D.

Un nuevo año, un nuevo día, una nueva relación, un nuevo trabajo son siempre ocasiones para renovarse, para ver la vida con otros ojos, con más posibilidades y esperanzas.

Pero, ¿Qué hacemos con las cargas emocionales del pasado, con las consecuencias negativas de nuestras decisiones y acciones? El pasado ya pasó, pero las consecuencias de nuestras decisiones y acciones permanecen y pueden continuar contaminando el presente y el futuro.

Las relaciones humanas, y en especial en la familia, son complejas y delicadas. Cada persona tiene su historia de sufrimiento, miedos, sensibilidades y experiencias que lo hacen sensible a palabras, miradas y comentarios que nos entristecen, enojan o alejan del grupo. Esto es lo que más duele, porque cuando somos agradecidos y apreciativos de lo que aporta y ofrece cada uno, se siente el gozo y la alegría del encuentro.

Podemos darnos cuenta, cómo lo que decimos, sentimos o expresamos puede entonces “subir” la energía, que es otra manera de decir, “hacemos presente el Espíritu”, o “bajamos” la energía, que es alejarnos de la comunión, “alejarnos del Espíritu”.

Aquí tenemos la posibilidad de escoger, ser “constructores” o “destructores” de familia y comunidad.

El nuevo año puede ser una oportunidad de reparar lo que se ha roto, o sanar lo que se ha herido, para no quedarnos estancados en el mundo de la culpa, la vergüenza o el miedo que nos hacen pesado el camino, que nos roban el oxígeno que necesitamos para respirar profundo y sentir la vida.

Busquemos un tiempo de silencio ante el Señor para una “terapia divina” que va a las raíces del mal que hacemos, aunque no lo queramos. El alma se abre sin miedo ante el amor incondicional de su Creador. Desde allí podemos observar sin juicios a quienes hemos herido y maltratado con nuestras acciones y decisiones, no para quedarnos revoloteando alrededor de la negatividad que genera más malestar, sino para entregarnos y poner ante la cruz del Señor el dolor que hemos provocado.

Poner ante la cruz nuestras cargas, el mal que hemos ocasionado, es volver a estar ligeros y soltar el equipaje emocional destructivo. Reconstruirse, a través del sacramento de la “Reconciliación”, es otra gracia (oportunidad) para abrirse al perdón de la comunidad que representa el sacerdote, para llevar luz a las propias sombras, para sanar, limpiar y reciclar.

Del silencio y la sanación interna podemos salir al encuentro de quienes hemos ofendido o maltratado, ya no será para excusarnos ni justificarnos, sino para pedir  perdón y mostrar nuestra intención y planes de reparar lo que hemos roto. Podemos pedir un momento de conversación y diálogo con la esposa engañada, con el esposo deprimido, con el hijo ofendido, con  la hija excluida o con los amigos calumniados para ver el pasado, pero ahora con otros ojos, ojos que las lágrimas y el arrepentimiento han limpiado…

No importa cuán grande sea la lista, ya arrancó el camino de la transformación y sanación de raíz en el encuentro con el Señor. Así habremos comenzado el nuevo año limpiando la casa del pasado que pesa y contamina, orando y pidiendo cada día que aumente nuestra fe, que podamos ser más amables, pacientes y amorosos. Podemos comenzar hoy.

Ricardo J. Márquez, PhD, es director asociado de la Oficina de Vida Familiar y Espiritualidad y frecuente invitado en el programa diocesano de radio “Vive Feliz”.  Se puede contactar en rmarquez@sdcatholi.org.

 

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